Almagro, y a usted ¿quién le llamó?

Por Néstor Núñez

Ni la OEA, ni Almagro, ni cuantos le utilizan, pagan y ordenan, tienen autoridad ni autorización para opinar, proyectar, recomendar o hacer en Cuba. (Reuters)

Ni la OEA, ni Almagro, ni cuantos le utilizan, pagan y ordenan, tienen autoridad ni autorización para opinar, proyectar, recomendar o hacer en Cuba. (Reuters)

Derroche de oportunismo e injerencismo la intervención del pasado sábado, en Miami, del Secretario General de la Organización de Estados Americanos, OEA, Luís Almagro, ante un “selecto” auditorio plagado de quienes insisten en que Cuba solo admite una vuelta a lo que dejó atrás hace casi seis décadas.

Demócratas y liberales se dicen, pero ciegos, iracundos e incapaces de entender que los cambios a lo interno de la Isla no requieren de sus consejos ni pataletas, y que le corresponden a los que realmente están interesados en que la Mayor de las Antillas mejore, avance y resulte cada vez más participativa sobre la base primera de su independencia y  autodeterminación.

Entonces, qué esperar del ex canciller uruguayo devenido jefe de la comparsa regional que Washington ha manejado a su antojo por años, precisamente para imponer y perpetuar en América Latina y el Caribe todo lo contrario a lo que defienden los patriotas de nuestro Archipiélago.

En consecuencia, y para complacer a sus oyentes, el amigo de los golpistas brasileños, de los políticos marañeros de Honduras, de los neoliberales y entreguistas del Hemisferio, y sobre todo, el neto vocero gratuito de la Casa Blanca, acaba de decirnos que no es “aceptable” un cambio de gobernantes en Cuba este año si “la sucesión no transcurre por métodos democráticos.”

Por demás, llamó a la exclusión de los pretendidos “dictadores” de nuestra región de una nueva edición de la Cumbre de las Américas, esta vez con sede en Lima, la capital peruana, en el cercano abril.

Y si vemos lo que hasta hoy ha defendido y condenado Almagro, no parece muy trabajoso darse cuenta de que marcha en la cuerda anticubana que se siente exaltada bajo la administración de Donald Trump, y que su compostura se mueve en la espiral de la ácida confrontación con La Habana que vuelve a cobrar espacio a cuenta de determinados círculos gringos de poder.

Lo cierto es que, hablando en puridad, los patriotas de la Isla estamos llamados a insistir en un cambio. En esa transformación que implica la búsqueda de escalones superiores, y de enmendar lo que se ha trocado en decisiones burocráticas, inmovilismo, capricho y formalismo.

Cambiar, en fin, todo lo que deba ser cambiado, incluido aquello que dentro del propio aparato electoral hoy vigente pueda accionar como freno, limitante o elemento diluyente en el ejercicio de una verdadera democracia participativa.

Y hacerlo con responsabilidad, sin sectarismos, sin cegueras transitorias o endémicas, con la mente puesta en el mejoramiento de la nación y en la defensa más completa y sistemática del derecho de todos a aportar con honestidad  a la causa común.

Y  para eso, realmente los gritos y demandas de Luís Almagro no nos hacen falta.

No queremos que aquello a lo que aspiramos se pierda por incapacidad o estrechez de miras internas, pero tampoco porque seamos tan ingenuos como para hacerle caso  a los que, en sus círculos envenenados, trabajan sin el menor rubor por el hundimiento de los sueños históricos del país y del resto del Hemisferio.

Ni la OEA, ni Almagro, ni cuantos le utilizan, pagan y ordenan, tienen autoridad ni autorización para opinar, proyectar, recomendar o hacer en Cuba.

En esta casa, los problemas son y se deben resolver entre los que realmente sentimos por ella, la respetamos, defendemos su integridad y bregamos por hacerla mejor.

Cubahora

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