Algunos opositores cubanos y el departamento de Estado

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En los últimos meses se han reportado las giras de varios opositores cubanos por EE.UU, España y otros países. En sus declaraciones, algunos de estos opositores cambian posiciones que tuvieron antaño y se alinean con la política ilegal, inmoral y contraproducente de embargo contra su país. Entre estas declaraciones destaca el cabildeo de Guillermo Fariñas y Antonio Rodiles, a favor de mantener el embargo contra Cuba, y las de Yoani Sánchez, a favor de imponer condiciones para levantar el mismo y por mantener a Cuba en la lista de países terroristas del Departamento de Estado.

Las declaraciones de la Administración Obama sobre sus consultas con estos opositores reflejan un enfoque selectivo hacia las opiniones cubanas y de la comunidad cubano-americana al respecto de la política hacia la isla. No es que haya que excluir ningún criterio ni que la relación diplomática con Cuba deba limitarse al canal gubernamental pero el favoritismo hacia estos interlocutores carece de razones, al menos si de relevancia o representatividad se trata. Pareciera que en lugar de producirse un intercambio de opiniones, Washington anuncia lo que quiere oír, y los cubanos seleccionados se lo dicen.Ninguna de esas personas ha sido electa a ningún cargo público ni representan a ninguna organización de más de cien personas. Podían postularse en comicios municipales en Cuba, donde la nominación es libre, pero no han ganado un solo escaño en ningún lugar. Existen como entes políticos, en parte por el financiamiento que reciben directamente desde el gobierno estadounidense, o a través de premios internacionales; guiados por el criterio de apuntalarlos. Nunca han convocado en Cuba a una movilización de más de doscientas personas. Dentro de la sociedad civil, la emprenden contra el episcopado católico, el consejo de Iglesias protestantes, y todos los intelectuales y artistas que no se suman a su mensaje plattista.

En Washington, siguiendo el espíritu de la ley Helms-Burton se les escoge ahora como los “cubanos preferidos”. El gobierno estadounidense no publicita sus encuentros con la abrumadora mayoría de sectores de la sociedad civil cubana y de la propia comunidad cubano-americana, ni dice que los va a tomar en cuenta. Allí, le han expresado plurales opiniones a favor de una política distinta de interacción e intercambio. Con los preferidos, si ocurre. En correspondencia, la Radio y Televisión Martí, subsidiando las opiniones pro embargo con los dólares del contribuyente, desvirtúa las actividades de aquellos emigrados o residentes en la isla opuestos a las sanciones.

Esta devoción adolescente de Washington con ciertos opositores es curiosa pero no sorprendente. Es una tradición que subestima la fuerza del nacionalismo y el balance interno de fuerzas en los países en cuestión. En relación a Cuba, sería lógico escuchar las opiniones de los propios diplomáticos norteamericanos y europeos en la Habana sobre la convocatoria de esa oposición. Según los cables de Wikileaks, es “muy escasa”. Más allá de las viñetas de Sánchez y las denuncias de Fariñas, ¿Cuál es el anuncio de esta oposición? ¿Qué propuestas económicas y políticas trae? ¿Cuáles son sus vínculos, o falta de ellos, con los poderes facticos del país?

Si no fuera porque contribuye a la mantención injusta de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo del Departamento de Estado sería risible la declaración de Yoani Sánchez a favor de mantener a su país en esa lista porque “los Castros no han guardado la pistola”. ¿Desde cuándo el rasero para incluir al país propio en un régimen de sanciones es un criterio literario? Hablando de terrorismo, Yoani Sánchez, Guillermo Fariñas y a Antonio Rodiles, andan del brazo de congresistas que amparan el terrorismo más ilegal (¿Hay otra forma honesta de referirse a planear poner bombas en un avión civil cubano o un recinto universitario panameño, como hizo Luis Posada Carriles?).

Fariñas y Rodiles imploran por más sanciones estadounidenses, en la esperanza de que el agravamiento de las miserias de sus conciudadanos, se reviertan en ganancias políticas para su tienda partidista. Han exigido a EE.UU que no levante las sanciones hasta tanto ellos confirmen que en Cuba están ocurriendo “cambios sustantivos” y que el gobierno los reconoce como interlocutores. Soñar no cuesta dinero pero el espacio para negociar con el gobierno cubano se lo gana una oposición leal al interior de su propia sociedad, no en el oído de Washington ni de José María Aznar.

Una política racional de Washington hacia Cuba debe basarse en el derecho internacional, y las opiniones de la mayoría abrumadora de las naciones del mundo, que condenan cada año “el bloqueo estadounidense” en la Asamblea General de Naciones Unidas. Si de derechos humanos se trata, tanto Human Rights Watch como Amnistía Internacional, como la propia ONU consideran al embargo una violación de los derechos de los cubanos y los norteamericanos en sí misma. Hay encuestas bien claras que expresan la opinión de la población cubana, y de la comunidad cubano-americana en contra las sanciones. Ultimo pero no menos importante, el Departamento de Estado debería escuchar a la opinión mayoritaria de la ciudadanía estadounidense, de su propia sociedad, ya cansada de una política que es negación flagrante de sus intereses y valores.

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