¿Ahora es imposible?: cambiar no significa abandonar

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Por Carlos Luque Zayas Bazán

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Cada vez que leo o escucho la afirmación de que ahora – y aquí el adverbio que congela el tiempo es muy significativo – es imposible, viene a la mente de inmediato y con toda naturalidad el correlato equivalente de esa noción desalmadora y desarmadora, a fuer de aspirar a ser “realista”: hagamos hasta donde sea posible.

Si hay algún evento político humano que el común de las personas, – y el sentido común -, siempre cree imposible, es una revolución social radical, o que el asalto de un puñado de imberbes a un cuartel con unos pocos y precarios fusiles tenga, a pesar de su muy probable fracaso inmediato, un enorme éxito en términos de significado político.

En la historia de Cuba, ¿cuántas veces las condiciones “objetivas” pudieron erigirse ante los hombres como el muro más difícil (imposible!) de socavar?: pues en cada una de las circunstancias en que surgieron – y siempre tarde o temprano surgen – los hombres capaces de llevar consigo a otros hombres también dispuestos a soñar, actuar y hacer estallar los engañosos límites de lo posible.
La poesía, en Rimbaud dijo: “hay que actuar, hay que cambiar la vida”. Y la energía política revolucionaria de Lenin respondió en ¿Qué hacer? : “…hay que soñar”.

Cambiar todo lo que debe ser cambiado exige del sueño y de la acción, pero ambos revolucionarios. Si el sueño transformador es revolucionario, a la vez que está afincado firme y lúcidamente en la valoración de la realidad y las probabilidades, no ausculta ni sopesa “lo posible” para comprobar si la señal que le envía exige renunciar, convertida el ansia en una estatua de sal ante las dificultades. Sino para buscar la mejor vía para intentar lo imposible. Entre las muchas, esa es la lección superior de Fidel, que no hace más que continuar una herencia de los grandes revolucionarios que le anteceden en toda la historia.

Todo lo que se intentó en Cuba, desde el 68 acá para lograr la libertad y la autodeterminación era, a los ojos de los muchos, imposible. O mejor, le resultaba imposible a las subjetividades ancladas en la cárcel de lo inmediato, férreo, anodinamente cotidiano.

Ahora nuestro necesario cambio de mentalidad, si pretende ser revolucionario – y no otra cosa que revolucionario, comunista, pudo significar Fidel con los términos “cambiar lo que debe ser cambiado”, – no debe consistir en abandonar el sueño poético, y la acción leninista por lograr lo que se presenta imposible y no rendirse ante la normalidad impuesta.

Para justificar renunciamientos, adaptaciones y abandonar la necedad, se evoca repetidamente que los tiempos han cambiado, en un sentido desmovilizador, como si en estos tiempos no hubieran más justificaciones, peores condiciones universales y locales, para seguir intentando lo imposible.
Lo imposible, en este mundo, es no rebelarse, no indignarse, no luchar. Y sobre todo se va haciendo cada vez más imposible, abandonar el sueño del socialismo, del comunismo y de las revoluciones.

Cambiar lo que debe ser cambiado no debe leerse fuera del contexto, ni del contexto histórico, ni del contexto de todo el significado que le da la ruta de vida seguida por Fidel, ni tampoco interpretado al margen del contexto de toda la definición. Para obtener de esas palabras la justificación de un retroceso siempre habrá razones en quienes haya hecho mella el desaliento, una falta de inspiración que nunca fue fidelista. Un aparente imposible siempre estará en la acción humana capaz de romper los límites donde otros ven que nada distinto puede intentarse.

La Pupila Insomne

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