Agentes encubiertos y oficiales descubiertos

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Por Manuel  A. González

Para la segunda mitad de la década de 1970, el sistema político estadounidense estaba inmerso en una aguda crisis institucional y de liderazgo mundial. A esta situación habían contribuido diferentes acontecimientos internacionales e internos que tuvieron lugar en ese periodo. Entre estos se destacaban la derrota en Vietnam, la Revolución iraní, el desarrollo de los movimientos de liberación nacional en África y América Latina, la crisis energética, el escándalo Watergate y los sostenidos problemas de inflación y depresión económica en el país. En ese contexto, asume la presidencia en Esta- dos Unidos, en enero de 1977, el demócrata James Earl Carter Jr., cuya campaña y posterior mandato presidencial se caracterizaron por la promulgación de una política de ideas altruistas y liberadoras: los Derechos Humanos, que pronto evidenciaría su incuestionable esencia de doble rasero, al combinar la condena de la violación de los mismos en algunos países, con el apoyo a regímenes dictatoriales aliados en otros. En lo referido al tema de seguridad nacional, el gobierno de Carter se propuso mejorar la integridad y efectividad de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), así como la responsabilidad de esta ante el público norteamericano y el Congreso. Este último aspecto ya había sido apuntalado jurídicamente en 1974 con la promulgación de la Enmienda Hughes- Ryan que ampliaba los requerimientos a la Agencia durante sus rendiciones de cuenta ante el Congreso y en el proceso de aprobación presidencial de las operaciones encubiertas. El 24 de enero de 1978 se emitiría la Orden Ejecutiva No. 12036, dirigida a lograr una mayor transparencia de las operaciones de inteligencia y a proteger los derechos individuales de los ciudadanos. Sus principales enunciados eran:

– Prohibir toda operación encubierta en los Estados Unidos que no tuviese aprobación por el Ejecutivo.

 – Prohibir el asesinato político.

 – Restringir y supervisar la relación de la Agencia con el mundo académico norteamericano y las organizaciones no gubernamentales.

 – Restringir la vigilancia de ciudadanos norteamericanos en el exterior (realizar esta actividad solo con la aprobación del presidente o el fiscal general).

 – Poner la actividad de contrainteligencia bajo la supervisión de un nuevo Comité.

No obstante, las operaciones encubiertas que real- mente se restringirían serían las referidas a la actividad paramilitar. Este constituiría uno de los pocos momentos en la historia de la CIA donde la acción encubierta dejaría de tener en la práctica una preponderancia dentro del resto de las funciones de la Agencia, aunque se mantuvo la ejecución de las llamadas operaciones de acción política y las campañas de guerra psicológica en áreas de conflicto. Paralelamente, la actividad de espionaje conservaría sus capacidades operativas básicas. A finales de la década del 70, el movimiento neo- conservador en Estados Unidos adquirió una nueva dimensión. Esta corriente política de las fuerzas de derecha clamaba por una profunda renovación de valores y procedimientos, capaz de recuperar la legitimidad y el apoyo perdidos. En ese sentido, se produjo un rediseño de la estrategia de subversión política e ideológica, la cual se fundamentó en los enunciados emitidos por la Convención del Partido Republicano en la ciudad de Detroit en julio de 1980.

13187604_1110817995626582_1125654968_nOtro documento emitido en mayo del propio año, elaborado por un grupo de ideólogos conservado- res estadounidenses conocidos como el Grupo de Santa Fe —por la capital del estado de Nuevo México— y la Fundación Heritage proponía un conjunto de líneas de acción que fueron aplicadas durante el gobierno de Reagan y constituyeron en la práctica la base de la política hacia América Latina y Cuba. Resurgieron entonces las operaciones paramilitares, con intervenciones secretas de la CIA en África y Centroamérica a través del apoyo a las fuerzas contrarrevolucionarias en países como Angola y Nicaragua. La relación de los programas subversivos que combinarían el empleo de la acción política, con la actividad paramilitar se difundiría de una manera significativa por todo el orbe, como en los tiempos de Dwight D. Eisenhower y Allan Dulles.

13140732_1110818045626577_2093037387_nA esta situación coadyuvó el nombramiento en el cargo de Director de la CIA de William Casey, un veterano de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), poseedor de un estilo de dirección más apegado a la actividad operativa que a la administrativa, quien desde un primer momento reactivó los mecanismos y capacidades de la Agencia de manera tal que la misma estuviera en condiciones de asegurar las dinámicas operativas que exigía la nueva cruza- da anticomunista e injerencista del nuevo gobierno neoconservador. La actividad de recolección clandestina a partir de fuentes humanas también adquirió una nueva dimensión, lo que se reflejaba en una expansión de las operaciones de espionaje y contrainteligencia a escala global, fundamentalmente aquellas dirigidas contra los países del bloque socialista. En Cuba también se observó ese incremento. La nueva escalada agresiva contra la Revolución cubana por parte del gobierno de Reagan se iniciaría desde los inicios de su mandato presidencial. En 1982 por primera vez el ejecutivo estadounidense incluyó a Cuba en la lista de los países patrocinadores del terrorismo en el mundo. Así, el 29 de enero de 1982 dando credibilidad a informaciones recibidas sobre el despliegue inminente en Cuba por parte de la URSS de un nuevo tipo de aviones de combate Migs, Reagan adoptó la Directiva de Seguridad Nacional No. 21 que agredía a la Isla en los terrenos político, económico, militar y de inteligencia. El 9 de abril, el gobierno de Estados Unidos ordenó suspender los vuelos charter entre Miami y La Habana que llevaba a cabo la American Airways Charter Inc., cortando de esa manera la conexión aérea más importante entre ambos países. Diez días después el gobierno de Reagan restableció la prohibición de viajes cuando anunció que a partir del 15 de mayo se vedaba a los ciudadanos estadounidenses hacer gastos para viajar a Cuba. En esa misma fecha el gobierno de Estados Unidos le informó a Cuba que el acuerdo de pesca firmado en 1977 quedaba en el limbo. El 29 de abril, el Departamento de Defensa comenzó maniobras militares en el Caribe, uno de los ochos ejercicios ejecutados desde octubre de 1981. La «Operación Aventura Oceanográfica 82» se ex- tendería hasta mediados de mayo con la participación de 45 mil hombres, 350 aviones y 60 barcos, incluidos un simulacro de invasión a Puerto Rico y una operación de evacuación de personal no combatiente de la Base Naval de Guantánamo.

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LA DENUNCIA

En el verano del año 1987 una denuncia pública del Gobierno Revolucionario cubano puso al descubierto una aguda y sistemática actividad de espionaje y subversión directa de la CIA durante casi dos décadas. Un total de 27 colaboradores secretos de la Seguridad cubana habían logrado penetrar la actividad de la Agencia -actuando como dobles agentes- para el cumplimiento de acciones clandestinas de subversión contra la Revolución cubana. Ya desde la década del 70 la Agencia había expandido su labor de espionaje hacia sectores claves de la economía cubana, y sobre la estrategia política y militar de la Revolución, fundamentalmente en lo relativo a la ayuda internacionalista en África. Los oficiales operativos de la principal institución de espionaje estadounidense incrementaron el acercamiento a profesionales, técnicos y empresarios cubanos de diferentes ámbitos estratégicos como la navegación marítima, aérea y la pesca, que operaban en puertos y ciudades de diversas regiones en el mundo. Los intereses informativos de inteligencia de la CIA abarcaban prácticamente todas las esferas de la vida económica y política, así como de la defensa del país, fundamentalmente la agroindustria, la salud humana y animal, las relaciones comerciales y todo aquello que pudiera ser saboteado, como eficaz contribución a la política de bloqueo y guerra económica que impulsaba el Gobierno de Estados Unidos. El mayor peso de los requisitos iba dirigido a fomentar la guerra económica contra el país, haciendo más efectivo el bloqueo, al identificar proveedores de materias primas, alimentos, tecnología y todo tipo de renglones que Cuba comerciaba con terceros países, principalmente europeos, para aplicar las leyes del bloqueo o sabotear los productos y tecnologías importadas.

Durante esos años quedó demostrado que la CIA daba seguimiento permanente a los procesos de refinanciamiento de la deuda exterior cubana con entidades bancarias capitalistas, así como de la marcha de las relaciones comerciales de Cuba con empresas privadas extranjeras y los planes de inversiones con el objetivo de entorpecerlas y frenar su normal desarrollo.

Fueron evidentes las acciones de espionaje contra obras estratégicas de ese momento como la instalación y puesta en marcha del sistema de comunicaciones nacionales por cable coaxial, así como el criminal sabotaje que la CIA planificó cuando solicitó a supuestos agentes que facilitaran la compra y validación de tanques para almacenar amoniaco para uso en la agricultura de la caña de azúcar fuera de los parámetros de seguridad requeridos en sus estructuras y válvulas, lo que hubiera podido producir graves consecuencias por escape de ese gas y provocar el envenenamiento de miles de personas. En las ramas de la salud y la sanidad vegetal se apreció el constante interés de la Agencia sobre las enfermedades y plagas que afectaron a Cuba en diferentes etapas. Los mensajes cifrados del Centro Principal de la CIA donde preguntan a sus agentes acerca del dengue, la conjuntivitis hemorrágica y otras epidemias, corroboran los datos, cifras y testimonios existentes en ese sentido. También los planes de la CIA para atentar contra la vida del Comandante en Jefe Fidel Castro se desarrollaron a través de estos años con especial insistencia. El trabajo de la CIA contra Cuba, dirigido desde el Centro Principal radicado en Langley, Virginia, se ejecutaba básicamente a través de la Estación Local de la CIA dentro de la Sección de Intereses en La Habana (SINA), y desde otras posiciones en terceros países. La denuncia cubana reveló que desde septiembre de 1977 a junio de 1987 habían sido descubiertos 38 oficiales de la Agencia de un total de 79 cargos diplomáticos radicados como funcionarios permanentes de la SINA. Otros 113 oficiales que actuaban bajo la cobertura de funcionarios en tránsito serían también denunciados públicamente de un total de 418 cargos diplomáticos que arribaron al país con esa categoría. La CIA, desde sus posiciones en terceros países, también había reclutado, entrenado y abastecido con medios de espionaje a agentes dirigidos contra la Revolución cubana. La Seguridad Cubana descubrió e identificó en total en ese período a 179 oficia- les, 27 técnicos del polígrafo (Detector de Mentiras), 28 técnicos en comunicaciones y 18 colaboradores de la CIA.

Copia 13152680_1110818258959889_684687455_n MÉTODOS CLANDESTINOS DE ESPIONAJE

Ya en 1978, los oficiales de la CIA que actuaban con fachada diplomática en la Habana habían culminado un minucioso estudio para las futuras operaciones ilegales de la Agencia en territorio cubano, actividad que sería realizada durante sus reiterados movimientos en la capital y por las diferentes provincias de todo el país. Poco después, la CIA entregaría los primeros equipos para las comunicaciones secretas vía satélite con sus agentes dentro de Cuba. El suministro de estos equipamientos se realizaba mediante operaciones clandestinas en el territorio nacional. Durante casi diez años esas operaciones fueron aparentemente exitosas y aceleraron el reclutamiento de nuevos agentes, así como la introducción en la Isla de equipos de comunicación más modernos, producidos por los laboratorios de la CIA para el espionaje antes de la era de Internet, entre los que se destacó la planta RS 804 con un valor aproximado de un cuarto de millón de dólares, que transmitía por vía satélite. Para garantizar las comunicaciones con sus agentes en Cuba la CIA empleó diversos canales y métodos. El Sistema de Voz Unidireccional, era un medio primario consistente en transmisiones radia- les codificadas emitidas por computadoras desde el Centro Principal, que podían ser captadas por los agentes mediante radiorreceptores comerciales con frecuencias de onda corta. El Sistema de radioteletipo unidireccional era otro medio primario para la comunicación Centro/Agente que consistía también en transmisiones radiales codificadas, pero con mayores ventajas para la recepción. La CIA empleaba además otros procedimientos de comunicación impersonal, como el uso de mar- cas, señales y visualizaciones para precisar informaciones operativas. También continuó empleando el tradicional método de la escritura secreta a través de la correspondencia. La estación local dedicó cuantiosos recursos y tiempo para el suministro de los medios de espionaje a sus agentes. Algunas de las acciones que realizaron estos oficiales CIA iban dirigidas al suministro de los referidos equipos para transmisiones secretas, o la recogida de los que presentaban desperfectos técnicos. En otros casos, a través del empleo de escondrijos y «contenedores» para el enmascara- miento, proveían a sus fuentes de dinero, instrucciones, códigos de cifrado, y aditivos para los medios técnicos de comunicación.

La Agencia introdujo medios de comunicación alta- mente tecnificados como las plantas CDS-501 y la ya mencionada RS-804. La primera permitía el cifrado automático de hasta 1596 letras, con capacidad de almacenamiento de datos en memoria de hasta 30 días y transmisiones de 20 segundos. La RS-804, con capacidades de almacenamiento y transmisión similares a la CDS-501, transmitía vía satélite desde cualquier punto de la Isla.

ADVERTENCIAS PREVIAS A LA DENUNCIA

El gobierno norteamericano de aquella época hizo oídos sordos a las reiteradas advertencias que, de forma pública y por canales oficiales, realizó el Gobierno de Cuba, instando a las autoridades norteamericanas a poner fin a esas acciones ilegales. El 5 de febrero de 1985, durante una visita a Santiago de Cuba, el entonces jefe del Buró de Asuntos Cubanos del Departamento de Estado estadounidense sostendría un encuentro con el presidente cubano. Fidel fue claro y preciso: «Yo quiero que ustedes sepan que nosotros sabemos todo lo que ustedes hacen contra nosotros, ¡pero bien que lo sabemos!, en distintas partes. Tenemos bastantes informaciones sobre eso, incluso aquí». A pesar de esa clara advertencia del Comandante en Jefe, la CIA ni suspendió ni disminuyó sus actividades clandestinas en Cuba, sino todo lo contrario. Entre febrero de 1985 y enero de 1987, los Órganos de la Seguridad del Estado detectaron, controlaron y documentaron igual cantidad de operaciones de inteligencia que las descubiertas entre septiembre de 1981 y febrero de 1985. El 29 de enero de 1987, en las oficinas del Consejo de Estado, Fidel se reuniría con el entonces jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana, Curtis Kamman, quien concluía sus funciones en Cuba. En la entrevista, entre otros temas, se trató claramente el asunto de las actividades ilegales subversivas y de espionaje llevadas a cabo por la CIA. Las severas advertencias hechas por el jefe de Estado cubano jamás fueron respondidas ni aclara- das por las autoridades norteamericanas. Así, el 28 de febrero de 1987, trascurrido apenas un mes de la entrevista de referencia, el oficial CIA Duane Thomas Evans, acreditado en la SINA como funcionario diplomático consular, depositó dinero y medios de espionaje para un doble agente cubano en las cuevas de Saturno, en la carretera de Matanzas a Varadero. Una semana después de iniciarse públicamente la denuncia, el 6 de julio de 1987, mediante nota oficial de Cuba a las autoridades norteamericanas, el Departamento de Estado decidió expulsar de territorio de Estados Unidos a dos funcionarios de la Sección de Intereses cubana en Washington, a los cuales se acusó de realizar actividades incompatibles con su status diplomático, aunque sin aportar una sola prueba. Las autoridades norteamericanas esperaban una acción similar de parte de Cuba, y que fueran ex- pulsados algunos de sus diplomáticos del país para acrecentar la campaña contra la Isla, como era usual en este tipo de acontecimientos entre el imperio estadounidense y el campo socialista y la URSS. Sin embargo, la respuesta cubana fue creativa e inesperada. El Gobierno cubano permitió que los oficiales desenmascarados permanecieran en el país en base al lógico razonamiento de que la pérdida de su cobertura los hacía prácticamente inútiles.

EL SILENCIO DE LA PRENSA NORTEAMERICANA Y EL IMPACTO MORAL EN LA CIA

Aquella contundente denuncia a la CIA —considerada como una de las mayores realizadas contra la Agencia en su historia, pero silenciada por la prensa norteamericana ante el mundo— reveló ante la opinión pública métodos clandestinos de inteligencia empleados por los oficiales norteamericanos; así como, la utilización de una moderna tecnología para las comunicaciones secretas desde y hacia Cuba del centro principal de la CIA en Langley. En el ámbito nacional cubano, la televisión transmitió durante varias semanas en 1987 imágenes de funcionarios norteamericanos cometiendo claros actos de espionaje, incompatibles con su condición de diplomáticos, captadas en secreto por las cámaras de video de la Seguridad cubana. Adicionalmente esta actividad injerencista sería denunciada a través de artículos y entrevistas aparecidos en la prensa plana y radial del país. El mundo no conocía hasta entonces una denuncia semejante contra tan pode- roso y moderno aparato de espionaje. Sin embargo, a lo interno, en los círculos gubernamentales y de inteligencia de Estados Unidos, el hecho sí tuvo una gran repercusión. Al respecto Douglas F. Garthoff, investigador del Centro de Estudios de Inteligencia de la CIA, escribió lo siguiente:

Luego de ser jurado, Webster tuvo que emplear tiempo en sus deberes de limpieza de la CIA relacionados con el escándalo Irán-Contras, separando y reprimiendo a unos pocos oficiales […] También tuvo el desagradable deber en sus meses iniciales de trasladarle al Presiden- te la nueva información que indicaba que casi todos los agentes cubanos reclutados por la CIA habían sido “plantes” controlados por los cubanos desde el inicio.

Fuentes de la propia CIA reconocieron años después que ese fracaso había constituido un golpe contundente al Programa Cubano de la Agencia, considerado entre los más importantes durante la Guerra Fría. Estudiosos estadounidenses afirman que en las escuelas de preparación de oficiales de la CIA, se utilizó como ejemplo negativo la triste experiencia de su trabajo con los 27 dobles agentes cubanos, para evitar la repetición de tales errores. Un ex oficial encubierto, explicó en su libro, cómo la CIA enfocó la historia de los agentes dobles cuba- nos, caracterizando los hechos como una muestra de mala profesionalidad.

CONCLUSIONES

La escalada de la actividad subversiva y de espionaje por parte de los Servicios Especiales de Estados Unidos contra Cuba en la década de 1980 no fue una casualidad. La misma estaba en correspondencia directa con la estrategia imperial del ultra conservadurismo y la nueva derecha que se asentaron en la Casa Blanca tras el triunfo republicano de noviembre de 1980, las que definían claramente en su Plataforma Programática las opciones políticas y de inteligencia contra la Revolución cubana. Por otra parte, los hechos han demostrado que la actividad de espionaje contra la nación cubana por parte de la CIA nunca se ha detenido. En la etapa previa al gobierno ultraconservador y reaccionario de Ronald Reagan, o sea, durante el mandato presidencial del demócrata James Carter, la Agencia mantuvo sus capacidades operativas para asegurar sus planes injerencistas y la actividad subversiva contra la Revolución cubana. Las denuncias a la actividad de la CIA contra Cuba siempre han constituido un acto legítimo del Gobierno Revolucionario cubano, impuesto por la necesidad de preservar la integridad de las leyes, prevenir nuevos actos subversivos contra el pueblo, y a la vez alertar a la opinión pública mundial sobre el carácter agresivo e injerencista de las acciones de la CIA contra un estado soberano. Hombres y mujeres, nacidos en Cuba o no, provenientes de las más diversas ocupaciones, dieron a través de sus testimonios una prueba más de que no existe esfera de actividad en Cuba por la cual la CIA no haya dejado de interesarse o intentado agredir. Con la paciente labor de análisis y desinformación de los Órganos de la Seguridad cubanos y la participación de 27 doble agentes que simularon trabajar para CIA durante todos esos años, se logró frustrar esta gigantesca operación.

Tomado de Pensar en Cuba

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