“Ningún lenguaje es inocente. El inocente es uno, si se lo cree”

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Fernando Martínez Heredia

La Rectora Miriam me incorporó amablemente a una información muy amplia sobre la UCI que ella ofreció a los periodistas. Fue sumamente interesante para mí, pero a la vez me he sentido angustiado al pensar que estaban ustedes esperándome desde las diez. Bueno, sabemos que estas cosas forman parte de la vida.

El cuestionario que me pasó Juan Manuel para nuestra reunión necesitaría dos sesiones para abordarlo. En una no cabe. Es ambiciosísimo, por eso me gustó mucho. Pero vamos a tener que prorrogar una parte, y continuarlo, quizás como decían los sindicatos antiguos: declarándonos en sesión permanente. Esta vez, como ya tenemos poco tiempo, voy a asomarme a los problemas, sintetizar, y también tendré que ser omiso.

La primera cuestión: ¿por qué hablamos de un socialismo cubano?, ¿qué vicisitudes ha arrostrado? Una segunda pregunta: si crear socialismo implica sucesión y simultaneidad de revoluciones y cambios culturales, como pienso yo, ¿qué rasgos ha tenido concientizar durante este proceso? Y en la actualidad, ¿esa tarea va bien?, ¿les llega realmente a las personas?, ¿cómo relanzar el proceso concientizador? Me da la impresión de que quien pregunta cree que no le va bien, porque habla de relanzar. La tercera cuestión: ¿a su juicio, qué tipo de socialismo debemos construir? La cuarta y la quinta pregunta: ¿estamos asumiendo como algo imposible crear una sociedad más igualitaria?, ¿qué se esconde tras la crítica mayoritaria al igualitarismo? Y todavía queda una pregunta: ¿cómo pueden ayudar los medios a la concientización y las transformaciones positivas de la sociedad cubana? Además, el reclamo de la presencia de los intelectuales y de la cultura en los medios.

Entre otros defectos, tengo el de ser marxista. Creo, como el joven Carlos Marx del Manifiesto Comunista, que los comunistas se diferencian de otros revolucionarios en que nunca dejan de ver el movimiento en su conjunto, y no solo algunas partes de él. Esto obliga, entonces, a tratar de alcanzar una comprensión totalizadora del conjunto, operación que no intenta convertirnos en sabios; como decía Federico Engels, no es para escribir libros que llenen estantes, es para la lucha revolucionaria. Es decir, para trabajar con eficiencia sobre los problemas en detalle, sobre las cosas concretas. Los conceptos que no sirvan para trabajar con algo, no sirven. Aunque suenen bonitos, aunque estén de moda. Por eso yo traía una introducción histórica del proceso revolucionario desde 1959, porque resulta imposible comprender la actualidad para actuar sobre ella sin tener en cuenta ese proceso. Pero no hay tiempo para hacerlo, y esa es una ausencia muy fuerte que lastrará mi exposición.

El problema actual cubano no puede abordarse solamente desde la coyuntura. La coyuntura es condicionada por los últimos 55 años en su conjunto; en ciertos aspectos, por eventos de años específicos, como 1961-1962, o 1989-1992. En otros, por los tiempos del asalto al Moncada, por los de la república burguesa neocolonial del siglo XX y hasta por el siglo XIX. La Revolución del 95 fue la gran epopeya que hizo a los cubanos, y cuando aquí la gente se pone demasiado disgustada, se sigue emocionando con el Himno Nacional. La gente puede estar disgustadísima, pero sigue detrás de la bandera cubana. Cuando algunos quisieron cambiar el nombre al país y llamarle República Socialista de Cuba, durante las discusiones del Proyecto de la Constitución de 1976, la propuesta fue derrotada en todas las asambleas en que se presentó. Cuba es comunista, se decía, pero se llama República de Cuba.

Es decir, si no tenemos en cuenta la acumulación cultural histórica del país no entenderemos nada y, por tanto, no podremos trabajar. El problema es grave porque, por otra parte, lo histórico ha sido verdaderamente devaluado. Por ejemplo, la enseñanza de la Historia de Cuba es de muy baja calidad: simplista, omisa, sin conflictos ni contradicciones, formalista. Una cantidad enorme de muchachos saben muy poco de la historia de Cuba y, algo peor, no se sienten atraídos por ella, sobre todo por lo deficiente que es su enseñanza.

Es desesperante el escaso tiempo que tendremos hoy. ¿Por qué no hacemos otra actividad conmigo en una fecha posterior? Así hablaríamos tranquilamente las cosas necesarias, y a ustedes les daría tiempo no solo a preguntarme, sino a expresarme sus opiniones, sus desacuerdos. Quisiera recordarles que ustedes no son un colectivo más: por lo que aprenden y por las características de este plantel es necesario que ustedes se conviertan en cuadros políticos. Yo sé que la palabra cuadro es feísima. Nadie quiere ser cuadro, es verdad, tienen la razón. Sin embargo, lo que necesita el país es que sean cuadros políticos como los que quería el Che, e intelectuales en el sentido en que el comunista Antonio Gramsci identificaba a los intelectuales orgánicos de la revolución. Por consiguiente, ustedes deben cumplir unos deberes que no tienen otros. No se trata meramente de criticar, sino, sobre todo, de hacer cosas positivas. Los que hacemos muchas críticas tenemos la obligación de afirmar primero, una y otra vez: hay que hacer, sobre todo, cosas positivas. Quienes tienen más preparación, y medios para llegar a más gente y que sus mensajes influyan en la gente, tienen sin duda más obligaciones. Muchas más obligaciones.

¿Por qué hablamos de un socialismo cubano? No tenemos tiempo hoy para desarrollarlo, quisiera que no dejemos de abordar la última pregunta. Seré telegráfico. Hablamos de un socialismo cubano por necesidad, no por nacionalismo. Unir el socialismo y la liberación nacional fue un requisito sin el cual no era posible que triunfara y se mantuviera una revolución en Cuba. Y no solo en Cuba, creo que ese requisito habrá que satisfacerlo en la mayor parte del planeta. Eso implica una gran contradicción en el seno del socialismo marxista. Aunque Carlos Marx no era el único antiburgués ni el único socialista de su tiempo, fue capaz de desarrollar una teoría y una propuesta que han resultado insuperables como bases para comprender las sociedades capitalistas, los modos de combatir el capitalismo y la formulación de un proyecto mundial de una sociedad liberada con una nueva cultura. Marx negó todo regreso a sociedades previas para lograr la liberación, y las llegó a ver como conservadoras. La diferencia entre el capitalismo y todas las sociedades de dominación anteriores –dice en El Capital– es que estas viven reproduciéndose a sí mismas, mientras el capitalismo vive revolucionándose a sí mismo. Esa sociedad europea avanzada del siglo XIX crearía las premisas para el gran salto: enormes fuerzas productivas y un antagonismo insalvable entre burgueses y proletarios. Solo mediante la práctica revolucionaria sería posible acabar con el capitalismo y crear la sociedad liberada comunista, los protagonistas serían los proletarios europeos.

El capitalismo solo pudo desarrollarse y tener un alcance mundial mediante la colonización de la mayor parte del mundo, a la cual saqueó y explotó, arrasó culturas y estableció divisiones, le impidió ser dueña de sus recursos y satisfacer las necesidades de las mayorías, y convirtió el resultado en un sistema permanente. Por eso, en países como Cuba, la revolución socialista ha estado obligada a ser de liberación nacional, mientras que en Europa la nación y el nacionalismo han sido denunciados por los marxistas como recursos de la hegemonía de la burguesía. Esta es la primera razón de ser de un socialismo cubano.

En la historia cubana ha habido dos posiciones y dos concepciones del socialismo, y no una sola. Una de ellas procede de la idea europea que referí, que la Internacional Comunista trató de universalizar a partir de 1919. Ella inspiró la fundación de Partidos Comunistas en Cuba y muchos otros países. La otra procede de las necesidades, la historia y la cultura de resistencia y de rebeldía del pueblo cubano, y de sus representaciones, motivaciones y acciones sociales y políticas. En Cuba, los iniciadores y primeros líderes del socialismo cubano fueron Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras. En un gran número de países se produjo una historia de desencuentros, contradicciones y conflictos, a veces trágicos, entre el socialismo procedente de la Internacional Comunista y las necesidades, movimientos y luchas de los pueblos colonizados y neocolonizados.

Los dos modos de concebir y entender el socialismo se desplegaron durante la Revolución del 30 y después continuaron existiendo en nuestro país. Frente a la dictadura implantada en marzo de 1952, Fidel y sus compañeros partieron de la práctica consciente y organizada de minorías, iniciaron la lucha, la mantuvieron y se ganaron la conducción de sectores cada vez más amplios, que se movilizaban y se volvían simpatizantes o combatientes. Las gestas del Moncada y del Granma fueron criticadas por la otra manera de entender el socialismo en Cuba, como actos de pequeño-burgueses, militaristas y otros dicterios, cuyas actividades perjudicaban las demandas de la clase obrera. Es decir, aquel era un conflicto de ideas y de posiciones políticas. Fue decidido por la práctica revolucionaria: la insurrección se convirtió en la expresión suprema de la lucha de masas, derrotó a la tiranía y abrió la puerta a una revolución verdadera y profunda.

Con el triunfo de su revolución en 1959, Cuba produjo un aporte cultural revolucionario descomunal. Fue la victoria de un movimiento insurreccional convertido en revolución popular, socialista de liberación nacional, al pie mismo de los Estados Unidos, en un país neocolonizado, absolutamente occidental, donde todo se medía por el valor del dinero. Los cambios tuvieron que ser insólitos, porque era casi imposible concebir una transformación tan profunda y abarcadora como la que sucedió, y las personas tuvieron que violentar a fondo sus comportamientos, motivaciones, relaciones sociales, sentimientos e ideas. Un joven economista mexicano muy destacado, Juan Noyola, vino a Cuba en 1959 al frente de una delegación de la CEPAL –Comisión Económica para América Latina, de la ONU—que hizo un estudio de la situación. Noyola escribió: “En el fondo de Cuba, el campesino más miserable, descalzo, en harapos, todo lo mide a partir del dinero. En Cuba, el dinero es el equivalente general de las mercancías”. Para ser, la gran revolución debió abatir ese poder del dinero sobre la gente. Aquel mexicano decidió quedarse a trabajar y vivir aquí, y murió junto a toda la delegación cubana de la que formaba parte en un accidente aéreo en Los Andes, en noviembre de 1962. Por cierto, el edificio de la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana lleva su nombre, aunque sospecho que gran parte de los estudiantes no sepan quién fue Noyola.

Como tantas veces, la historia nos brinda lecciones fundamentales. La idea de que el socialismo es la conversión de cosas imposibles en cosas posibles y en realidades mediante la actuación de los revolucionarios es básica para hoy, para el 2014. Si uno cree, o lo inducen a creer, que solo se puede reproducir lo existente, está situado en una posición totalmente diferente: la que piensa que las fuerzas productivas son las que determinan las relaciones de producción y la vida social, es decir, que ciertos datos económicos seleccionados determinan el sistema económico y toda la vida social. Es la “obligada correspondencia” que se estudiaba en los manuales del dogmatismo marxista. Los más jóvenes de ustedes son más felices, porque nunca tuvieron que estudiar eso, pero los demás no hemos sido tan felices. Por eso el Che escribió en su Diario de Bolivia, al inicio de la entrada del día 26 de Julio: “26 de Julio. Asalto al Moncada. Asalto contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios”. Un asalto contra el poder de ellos y contra los dogmas nuestros.

Ese conflicto no fue resuelto, sin embargo, con las experiencias históricas que acabo de mencionar. Continúa hasta hoy, lo que va cambiando son su contenido específico y sus condicionantes. En mi opinión, el socialismo economicista no podrá darle una salida socialista y eficaz a la situación actual: tendremos que apelar al socialismo cubano.

Traigo en mis notas al menos otras cuatro razones de la procedencia del socialismo cubano. Las veremos en el próximo encuentro. Pero permítanme al menos comentarles un aspecto que me parece importante no dejar para después. La democratización del consumo cultural, emprendida por el capitalismo desde 1945 en adelante, la estamos pagando muy caro los demás. Además de resultar efectiva para la reformulación de su hegemonía a escala planetaria después de la prolongada etapa de crisis iniciada con la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, se anticipó al proceso del último cuarto del siglo, de hipercentralización y financiarización del gran capital transnacional, gigantesco sistema internacional de cobro de tributos, despojo a países de sus recursos naturales y deterioro acelerado de las condiciones de vida en la Tierra. Un proceso que lleva adelante mediante eliminación de soberanías nacionales, agresiones militares y presiones de todo tipo, gran depredación del medio, especulación con los alimentos y otras muchas fechorías. El imperialismo actual no respeta las conquistas del siglo XX, ni siquiera las que puso a su servicio, confiado en que las luchas de clases y de liberación nacional no volverán a ganar fuerza y extenderse.

Este sistema, que llega a violentar su propia naturaleza y a eliminar las promesas del progreso, el desarrollo y la autodeterminación de los pueblos, tiene que volverse muy superior en el terreno del control de las ideas, las conciencias, los deseos, los sentimientos y la vida espiritual en general, para prevenir las resistencias y las rebeldías que lo pondrían en peligro mortal. La democratización del consumo cultural en manos del imperialismo es hoy un arma más importante que las contiendas con soldados y drones, en la guerra cultural mundial que libra contra los pueblos. Estamos obligados a identificarla bien, y a actuar con suma inteligencia para enfrentarla, y al mismo tiempo avanzar en una extraordinaria labor positiva de utilización de los medios que se van poniendo a nuestro alcance, para ponerlos al servicio de nuestra sociedad. Tendremos que ser muy creativos y tener muy claros y firmes nuestros principios. Y, en mi opinión, será imprescindible que nos situemos en las ideas y las posiciones del socialismo cubano.

La segunda pregunta que me hacen tiene como premisa la concepción que comparto, porque entender que la época de transición socialista implica y exige una sucesión y una simultaneidad de revoluciones y cambios culturales es asumir la concepción del socialismo cubano. Pero no da tiempo a abordar hoy esa pregunta. Lo mismo debo hacer con la tercera –¿qué tipo de socialismo debemos construir?–; mi comentario iba a ser larguísimo.

¿Estamos asumiendo como imposible crear una sociedad más igualitaria? ¿Qué se esconde tras la crítica mayoritaria al igualitarismo? Esta cuarta pregunta es un poco provocadora, lo que hace que me guste más. Lo primero es constatar que hay una ausencia crónica de debate de ideas y de fundamentación conceptual de la Revolución, y, por tanto, de sus problemas, sus estrategias, sus principios, sus tácticas y su proyecto. Esa ausencia ya lleva años, por eso es que le llamo crónica. Fue impuesta primero por la gran crisis del inicio de los años noventa, de la calidad de la vida, la economía, la viabilidad del país, ya no de una forma o de otra, sino de cualquier forma, y la crisis de la seguridad nacional, puesto que había terminado la geopolítica de la bipolaridad. También era una situación crítica para la idea misma de socialismo, porque en esos años se había desprestigiado el socialismo a escala mundial, y el sistema dominante intentaba que todos consideraran que el socialismo era algo que había sucedido, un hecho del pasado.

Dejemos a un lado el examen de un evento que, sin embargo, fue el fundamental: el socialismo cubano no cayó. Para el sistema totalitario de formación de opinión pública dominante en el mundo era tan lógico y esperable que cayera, que la única respuesta que pudo articular cuando la Revolución cubana no pasó a la historia fue no referirse nunca más a ese hecho. Para ellos, eso es suficiente; pero, para nosotros, no. Debemos conocer lo que sucedió y por qué pudo suceder, y extraer las valiosas lecciones que contiene.

La opción de confiarse a las prácticas y limitarse a repetir algunas verdades y algunas consignas tuvo su razón de ser, pero ha tenido sus costos, como toda decisión importante. La ausencia de debate de ideas y de elaborar o reelaborar una fundamentación de nuestro socialismo se fue volviendo crónica, y en el vacío resultante también aparecieron o se fortalecieron creencias y lugares comunes que son erróneos y resultan muy perjudiciales, nos debilitan. ¿Por qué? Porque ellos sustituyen a las ideas y porque oscurecen u ocultan las fuerzas históricas que han sido y son vitales para la Revolución, que forman parte de nuestra acumulación cultural revolucionaria.

Esas ideas o creencias –son, sobre todo, creencias–, esos lugares comunes, producen formulaciones que se contradicen con los principios de la Revolución, o son por lo menos ajenas a ella, y a sus experiencias históricas. Sumándome a la provocación, agregaría también la expresión “paternalismo”. Y la extrema timidez en el uso público de la palabra socialismo.

Es un grave error atacar, utilizando generalidades despectivas, la idea de una sociedad igualitaria. Eso induce a que podamos creernos que aquellos fueron grandes errores que cometimos, que nos han hecho mucho daño, que al fin nos hemos dado cuenta y por fin los echaremos a un lado. La Revolución cubana plasmó la idea igualitaria a una escala colosal, con las medidas tan profundas como tan justas de redistribución de la riqueza social entre la población, y al establecer como regla la igualdad de oportunidades. Esas realidades han estado en la base del consenso sumamente activo de la mayoría de la población con el poder revolucionario, y formó parte de una totalidad revolucionaria que nos aportó inmensas fuerzas morales y políticas, pero que también nos aportó enormes logros materiales, y representaciones y proyectos nacionales, personales y familiares que son singulares en el mundo. Recuerdo que un embajador en Cuba de un país del llamado Primer Mundo dijo una vez: “En materia de política exterior todos los países son Sancho Panza, menos Cuba, que es Don Quijote”. Un elogio de una persona cuya ideología está lejos de la nuestra, pero sabe discernir lo que es digno y admirable de lo que no lo es.

Esos ideales superiores convertidos en realidades fueron los que salvaron a Cuba de sus enemigos. Todas las veces que surgió la tentación, o la necesidad, la Revolución no se transó ni claudicó, por sus principios y porque aprendimos que si nos hubiéramos transado, al final habríamos perdido todo. Lo que este país ha hecho transformó en un grado y un contenido maravillosos la conciencia social del pueblo. Hace sesenta años era muy difícil imaginarse un país donde el dinero fuera más importante que en Cuba. En realidad, desde hace doscientos años era así, porque el enorme negocio burgués de la esclavitud masiva en Cuba fue modernísimo. No fue un atraso, eso es falso. Todavía es usual recordar, erróneamente, como abuelitos de la nación, a unos caballeros criollos de Cuba que se mantuvieron siempre rigurosamente dentro del orden colonial que protegía su propiedad sobre empresas y personas y su lugar social predominante. Eran tan modernos que estaban al día de lo último de Europa, pero tuvieron tanto dinero, rango y cultura a costa del trabajo y la vida de los esclavos. Los ingenios azucareros en los que molieron junto con las cañas las vidas de un millón de personas no llevaban tantos nombres de santos o vírgenes como de lugares geográficos –a veces exóticos–, asuntos de negocios o heroínas de las novelas románticas europeas. Muy modernamente cometieron crímenes horrorosos durante un siglo.

En aquella Cuba, la libertad del esclavo urbano estaba ligada a su capacidad de ahorrar algún dinero. Llegó a haber una ley, le llamaban de coartación, que le permitía ir pagando su precio de compra en la comisaría de policía, si su dueño no se lo quería aceptar. Piensen en la esperanza en el poder del dinero que generaría la libertad individual que llegaba a obtener una pequeña minoría.

La Revolución, que incluyó el igualitarismo entre sus virtudes, desarrolló e inspiró los trabajos y los sacrificios de millones de personas, a las cuales hizo muchísimo mejores como seres humanos. Personas más capaces de ser solidarios, de aspirar a felicidades altruistas, es decir, felicidades que no existen mediante la miseria, el despojo o el desvalimiento de los otros. La idea igualitarista forma parte de lo que ha hecho a Cuba admirable y muy admirada por millones de personas, que nos siguen viendo como su esperanza: “ellos han logrado lo que nosotros quisiéramos lograr”. Silenciar, olvidar o negar nuestros logros también contribuye a desmoralizarnos, precisamente por la fuerza moral que tienen esos logros. Y baja la capacidad defensiva de la Revolución.

Esas creencias erróneas se apoyan mucho en lo que parece ser de “sentido común”, sin darse cuenta de que el sentido común es burgués. Alientan el planteo de dilemas falsos, como el de que hay quien tiene éxito y quien fracasa. ¿Ustedes no se han fijado en los seriales y las películas norteamericanos a los que nos somete todos los atardeceres y las noches la televisión cubana? Parecen tener el objetivo de que nos aficionemos a la manera de vivir de los jovencitos y las jovencitas de Estados Unidos por las tardes, y a la de los adultos por las noches. Uno de los axiomas que divulga para que lo consuma la mayoría es: “él es un hombre de éxito” o “él es un fracasado” Ustedes saben que ningún lenguaje es inocente. Ningún lenguaje es inocente. El inocente es uno, si se lo cree. Esas creencias pueden favorecer tendencias que son potencialmente opuestas al socialismo, como el apoliticismo y la conservatización social.

El conservatismo social y el apoliticismo son diferentes entre sí, pero son complementarios. Estos enemigos de la sociedad que hemos logrado construir se han desarrollado y crecido en las dos últimas décadas. El apoliticismo ha disminuido en los últimos años, la politización ha experimentado una recuperación. Contamos hoy con una parte de la generación joven que tiene ansia de actuar en política. En los años noventa no era así, fue más bien una generación de frustraciones. Pero como no puedo hacer trizas por falta de tiempo lo que quería explicarles, quiero al menos resaltar que el apoliticismo parece ser ajeno a lo político y no comprometer a quien lo practica con ninguna posición política, pero en Cuba tiene una consecuencia política funesta para el socialismo, al corroer por omisión la imprescindible participación política del pueblo, sin dar oportunidad de persuasión o de confrontación de ideas.

Por su parte, la conservatización social puede parecer incluso que tiene que ver solamente con la vida privada de las personas. No pretende otra cosa que recuperar los usos, las normas, los comportamientos, las reacciones, los valores, las visiones de la vida y del mundo, “que había antes”. Su propósito, en última instancia, sería “volver a la normalidad”. Pero, en el fondo, esa supuesta normalidad es la de la vida y las relaciones sociales que regían antes de la Revolución. Cuando yo era un niño, por ejemplo, lo normal era que yo ni era blanco ni negro, y que no nos moríamos de hambre; comíamos bien, aunque con un solo cubierto. Mi familia había subido unos peldaños en la escala social durante el último medio siglo. Pero los muchachos aprendimos a no aspirar a trabajar en ningún banco, comercio u otros lugares donde no permitían trabajar a personas que no tuvieran la piel blanca. Desde que era pequeñito me enseñaron a darme mi lugar. Así se llamaba eso: “aprender a darse su lugar”. Eso es lo que pretende el conservatismo social en la Cuba actual: que volvamos “a lo normal” y que cada cual “se dé su lugar”. Es decir, que la sociedad que hemos creado se suicide.

No me olvido que tenemos dos formidables enemigos en la burocratización ya cristalizada –el burocratismo– y en la inercia. Son dos enemigos malos que han crecido como la mala hierba. La inercia es más “democrática” que el burocratismo, es un desarme general que consiste en no actuar, sino esperar: “no vamos a actuar, vamos a esperar”. Ya bastante cosas negativas tendríamos con lo dicho, pero lo peor es que está en marcha una campaña subversiva muy bien ideada por el imperialismo contra Cuba. Sería muy tonta la persona consciente que no se dé cuenta. Tal vez hasta esté bien organizada, no solo bien ideada. Con ella se pretende reforzar cada vez más las tendencias a admitir el capitalismo en Cuba. Es decir, desarmarnos ideológicamente por dentro, debilitar la conciencia y el deseo de seguir siendo socialistas, y facilitar acciones de desestabilización y deslegitimación del orden vigente que sirvan como marco para iniciativas de subversión que sean más abiertas y efectivas, y faciliten el intervencionismo. Los contrarrevolucionarios de siempre, lo que hacen y dicen, ya no están en la línea principal de subversión. Los importantes ahora para el imperialismo son más jóvenes, son inteligentes y graduados universitarios, con más capacidades y más posibilidad de comunicarse.

Por consiguiente, es un deber de todos los que tenemos actividades y papeles intelectuales enfrentarnos con inteligencia y decisión al conjunto de nuestros problemas, a la totalidad del enfrentamiento cultural que existe en Cuba entre el capitalismo y el socialismo, a la tarea de hacer crecer la conciencia y lograr que las transformaciones sociales en curso tengan un saldo positivo para el socialismo. Es esencial enfrentar la situación como una totalidad. Si atendemos la cuestión de la subversión como algo aparte y lo absolutizamos cometeríamos un gran error, y nos debilitaríamos. Para decirlo de una manera más clara: si entendemos la subversión como el problema de reprimirla solamente, nos debilitaremos, porque ese es solo un aspecto de lo que es necesario hacer.

El compañero Raúl ha dicho una y otra vez que hay que debatir y llegar a tener divergencias, para plantear bien los problemas y encontrarle las mejores soluciones. Ha sido muy difícil que los medios se hagan eco efectivo de esos llamados. Recuerdo que hace unos años Raúl despedía al presidente de Angola en el aeropuerto y hubo una especie de conferencia de prensa con él al final, pero como nadie le preguntaba por ese tema, Raúl aprovechó la ocasión y dijo que debemos tener discusiones y tiene que haber divergencias. Nadie se lo había preguntado, y yo me dije: “¿qué es esto? Si el presidente está obligado a utilizar ese recurso es porque, si no lo hace así, no se lo publican”. Es decir, tenemos que ir a contracorriente de algunos hábitos que son muy perjudiciales. Por ejemplo, el amplio espectro de cuestiones que se sospecha que puedan ser peligrosas. O la autocensura que hemos padecido, un mal infinitamente peor que la censura. La censura incluso se puede despreciar u odiar, se puede rechazar. Pero la autocensura se la hace uno mismo, y por lo tanto se disimula por completo, mediante la buena intención, el patriotismo o el oportunismo disfrazado de cobardía.

¿Cómo pueden ayudar los medios a la concientización y a transformaciones positivas de la sociedad cubana? ¿Cómo lograr más presencia de los intelectuales y de la cultura en los medios? Esto es lo más importante para ustedes, pero mi función no puede ser dedicarle la mayor parte del tiempo y por eso es que no lo pretendía, porque de eso ustedes saben incomparablemente más que yo. Sería bailar en la casa del trompo. Lo que puedo intentar es ayudarlos en aspectos de su formación y su información que pueden servir a esa especialización que ustedes tienen, y desde mi ignorancia llamarles la atención con comentarios agudos. A mí me parece que hay que adquirir una sólida formación, una formación mayor que lo que la especialización exige, para poder ser un buen especialista y para tener claridad de por qué uno hace una cosa, por qué no hace otra, por qué lo que le están diciendo es bueno o malo, por qué a uno se le deben ocurrir ideas o prácticas que nadie le ha orientado. Una de las cosas más terribles de la necesidad que hemos tenido de una unidad férrea es eso de que no se te debe ocurrir nada, sino esperar que te digan qué y cómo, algo que es tan desarmante y negativo.

Viendo el problema en términos más generales, es muy duro que a la suma inmensa de capacidades que tiene el pueblo cubano le corresponda un porcentaje tan escaso de utilización de ellas. Los cubanos tienen un nivel extraordinario de formación general y de formación especializada, de conocimiento de profesiones, incluso de ciencias, de investigación-desarrollo y básica, pero es escasísimo el porcentaje de su utilización, con evidente perjuicio de todos los campos afectados y todas las iniciativas de eficiencia y de cambios necesarios. Solo añado que además de ver y criticar esto, ya es lo más importante cambiar la situación en el área en que cada uno se mueve y pelear entre todos por cambios más generales.

Hay que tener una información suficiente y honesta sobre nuestro propio país. Real y bastante. A veces la información no es real, y por lo general no es bastante. Y esto incluye su historia, su Revolución, sus problemas. A veces escucho un dato que ofrecen en un medio sobre un tema económico que es realmente absurdo, imposible. Y sucede porque los que tuvieron que ver con su confección y aprobación para emitirse no sabían nada del tema. Se ofrece, por ejemplo, un dato de producción que podría alcanzarse en Canadá o Brasil, pero no en Cuba, o, al contrario, se reduce lo que existe en miles a unidades. No es posible que los conocimientos de economía se reduzcan a cómo están las guaguas en La Habana. Saber, por ejemplo, lo relativo al níquel de Cuba, es poder actuar como especialista y contribuir a la concientización revolucionaria en los medios.

Se puede ser revolucionario y no saber nada del níquel, pero no es conveniente si uno trabaja en los medios. Saber que la Cuba revolucionaria tenía la reserva de níquel más grande del mundo, y que al extraer el níquel la cola, que es como se llama lo que sobra, tenía un contenido de 49 % de hierro, y que con eso se puede hacer un complejo siderúrgico muy poderoso, y que de las veintisiete formas en que se mejora el níquel –y se obtiene mayor valor agregado– en Cuba se podían mejorar 21, un número absolutamente superior al mínimo que permite una explotación muy satisfactoria. Si uno ignora todo eso, ¿cómo va a saber qué cosa es ser una colonia?, ¿en qué se diferencia un recurso natural de su explotación económica viable?, ¿por qué la URSS, un país que dice ser su hermano durante los treinta años que duraron nuestras relaciones estrechas, no le vende a Cuba una siderúrgica? Para que no fuéramos demasiado libres. Si uno convierte ese níquel y ese hierro en laminados de acero y en aceros de alta calidad; si uno puede separar el níquel del cobalto que contiene también, para no venderlos juntos como un sínter de níquel más cobalto, porque el cobalto vale muchísimo más que el níquel y además se usa en la producción de aceros de alta calidad y para la cosmonáutica…

Hay que aprender las cuestiones económicas. Saber de economía para ejercer la profesión de comunicador. En un plano más general, uno está colocado en un lugar estratégico de comunicación de las personas, de uno depende que los demás conozcan o no conozcan lo que sucede, reciban datos e ideas para orientarse mejor, y sepan que existe una multitud de temas diversos de interés para su desarrollo humano y social.

Pero hay otro problema actual que me preocupa mucho. ¿Se queda corto una y otra vez el registro de lo que se ha entendido en Cuba por medios? Tengo la sensación, alimentada por lo que me cuentan, de que a través de redes informales un número y un porcentaje enorme de jóvenes de La Habana no ven ya la televisión. Yo que me la paso criticándola, ¿no estaré perdiendo la mitad de mi tiempo, porque la mitad de los jóvenes ya no la ven? Me contaron de un edificio en Centro Habana en que han hecho un sistema de red con treinta y cinco entradas y además socializan los “paquetes” que se adquieren; cada uno aporta una cuota irrisoria al colectivo. En ese edificio ningún muchacho se interesa en ver nuestra televisión. Estos son nuevos medios, totalmente fuera de control estatal o social, y están proveyendo una parte creciente del consumo, con un conjunto de implicaciones culturales e ideológicas que me temo que estén mucho más cerca del modo de vida y los valores del mundo del capitalismo desarrollado que del nuestro.

Jóvenes periodistas de Juventud Rebelde me pidieron hace tres meses que les escribiera un texto breve para el primer número de su blog Soy Cuba. Mi artículo se llamó “No seamos siervos de ellas, trabajemos con ellas”. Ellas son lo que de manera muy reduccionista se llama “nuevas tecnologías”. Además de tratar de precisar al complejo cultural en cuestión, decidí escoger un aspecto crucial de su actualidad: su dimensión favorable al dominio mundial del capitalismo. Por consiguiente, aprendamos a no ser siervos de ellas. Pero, al mismo tiempo, aprendamos que tratar de prohibirlas es una manera nueva de suicidarse. Hay que trabajar con ellas, y aprovechar sus potencialidades a favor del desarrollo humano y socialista de los cubanos.

Les cuento un ejemplo, que acabo de ver en la Feria del Libro de Santiago de Cuba, El Proyecto de Promoción Literaria Claustrofobias, que preside el poeta Yunier Riquenes, proveyó información audiovisual inmediata sobre prácticamente todas las actividades, títulos en venta, entrevistas, etcétera, que sucedían, y estableció un servicio mediante una red inalámbrica (WiFi) para que los interesados copiaran libros y revistas digitales en sus memorias, celulares y otros medios aptos para hacerlo. Acciones como esa son pasos hacia una revolución de las posibilidades de ofrecer masivamente textos para su lectura. Yunier me comentó: “no es tanto lo que cuesta”. Ellas le multiplican las posibilidades de desarrollo cultural a una población que tiene muy alta escolaridad promedio y durante décadas el clima cultural ha sido favorable a sus potencialidades. Pero hoy existe también una corriente contraria, que tiende a alejar a sus adeptos de la lectura, del gusto por la calidad en los productos artísticos e intelectuales, del estudio y del conocimiento en general. El que ha sido ganado por esa corriente no iría a copiar nada al stand de ese proyecto, porque ¿a buscar qué? Sería más bien receptivo de esos “paquetes” audiovisuales que suelen estar repletos de materiales de calidad ínfima.

Pero el fondo de la cuestión no es de buen gusto o mal gusto, o de talento contra mediocridad. Esta otra corriente está inscrita dentro de la gigantesca operación internacional de irle quitando a la gente la facultad de pensar, de ofrecer a los ojos y los oídos una avalancha interminable de imágenes y sonidos que carezca de sentido pero se vuelva necesaria, de extranjerizar sin ofrecer nuevos gentilicios, de colonizar con el consentimiento del colonizado. Ya sabemos quién es el propietario de esta supuesta universalización de los sueños. Se trata, entonces, de un combate, y como tal hay que entenderlo.

¿Cuánta claridad tenemos hoy de las realidades contradictorias de utilizar medios y sujetarse a lenguajes que portan condicionamientos muy férreos en cuanto a su contenido y su orientación? A mí me encantó Duaba, y después me hicieron una narración muy interesante acerca de cómo Duaba logró ser. Porque no fue coser y cantar, fue una contienda. Hubo quien pensó que se trataba de filmar una lección de historia aburridísima, que nadie querría ver. Pero el serial ha obtenido un éxito de público descomunal, y ha emocionado a miles de cubanos y cubanas, entre ellos a una gran cantidad de jóvenes. Alguien me explicó que desde el punto de vista técnico Duaba apela a medios más actuales, que no son más caros y que permiten situarlo en lugares donde con medios menos actuales nunca lo podríamos vender. Pero yo me pregunto: ¿por qué no ha habido un estremecimiento de debates en los medios y de divulgaciones alrededor de Duaba? No lo ha habido. Hacemos comentarios, nos encantó, pero no aparece en los medios nada de lo que hemos dicho, u opiniones críticas que le señalen defectos o ausencias. O que planteen emular con Duaba. No se trata de hacer algo igual, sino de incitar a que se nos ocurran iniciativas creadoras como esa, y las realicemos.

Ellos han dado un ejemplo de cómo combinar ser creador y audaz con ser muy laborioso y sacar provecho a lo que parecería imposible. Con dos actores que son oficiales en activo de las Fuerzas Armadas que nunca habían actuado, y uno es protagonista, militares que proveen las tropas de ambos contendientes y un helicóptero de las FAR, una dirección de actores que tiene que ser excepcional para que se alcanzara un logro como este en esas condiciones, un colectivo de artistas y técnicos que supieron entregarse sin remilgos a aquella tarea, que se volvió una tribu que festejó sencillamente en la ladera de una loma el día que terminaron la filmación. No digo más, no tengo la capacidad de un crítico. Pero, ¿no había mucho que narrar, que opinar, que discutir ante Duaba?

Sí quiero llamar la atención sobre el tratamiento óptimo que le dio el serial a un tema complejo pero vital como es el de la hegemonía. De muchas maneras, que ilustraré refiriéndome a una sola. La gente más humilde de la zona por donde desembarcaron Maceo y sus compañeros fue movilizada militarmente contra los expedicionarios y combatió con más eficacia que los españoles a sus paisanos. Se hacían llamar Los Indios de Yateras, y por sus sentimientos obedecían al Rey de España, al que se le suponía protector de los indios frente a los desmanes de los dueños de Cuba. Esa era la creencia de estos campesinos pobres que poseían una identidad étnica. Se sentían apoyados por la benevolencia de Su Majestad hispana y se lanzaron a combatir a sus paisanos con valentía y con la maestría de su capacidad sobre el terreno. ¿Recuerdan la reacción de aquel “indio” al que le atribuían la muerte del general mambí Flor Crombet? El anciano que en los años treinta no quiere que sus entrevistadores lo retraten (quizás para que no le roben el alma). Con una sincera alegría aquel hombre salta y grita de alegría y le da vivas a la Virgen y a España cuando comprueban que han matado a Flor.

Si nosotros no aprendemos esas lecciones de la historia estaremos perdidos, ¿saben? Sobre todo los que creen ser representantes de los humildes sin saber quiénes son ellos, sin haber convivido nunca con ellos. Tiene una fuerza incomparablemente mayor esta historia de los seres humanos, por la cual uno se entera de que fue un muchachito “indio”, sobrino del imputado, el que realmente mató a Flor en aquel combate. Y se entera de que la Revolución le alumbró el camino y se unió a ella un mes después. Lo busqué en el libro de Roloff y encontré su nombre y su regimiento: se alzó en mayo de 1895 y terminó la guerra con el grado de teniente. El muchacho había ido contra los mambises en abril, porque su tío le pidió que lo acompañara. Cuando yo era muy joven todavía hubo jóvenes en Cuba que se fueron con sus familiares y se hicieron bandidos; ellos hubieran podido ser revolucionarios y no pelear contra la Revolución que venía a redimirlos. Porque los que pelearon como bandidos en Cuba hace cincuenta años eran pobres, la mayoría eran campesinos y trabajadores agrícolas: los ricos se fueron para Estados Unidos a esperar. Fue terrible. Son enseñanzas, son cosas que se pueden aprender.

Mencionaba hace un rato la baja calidad de la enseñanza de la Historia de Cuba. ¿Por qué no se aprovechó Duaba para destacar en los medios la diferencia tan grande entre el serial y la enseñanza de la historia de Cuba? Yo tuve un compañero muy querido, José Tabares, un gran historiador cubano, al que su nieto, alumno de secundaria, le dijo un día: “Abuelo, yo no vengo a que tú me expliques las cosas como fueron, yo sé que tú tienes la razón, pero yo no las quiero oír. Lo que quiero es que tú me expliques lo qué yo debo responder a estas preguntas que traigo, para aprobar el examen”. Es decir, si existen esas duras contradicciones, ¿por qué los medios suelen comportarse como si no existieran?

Pero la respuesta positiva no puede ser solamente criticar. Hay que tratar de ayudar a los maestros y las maestras, y lograrlo. Ellos son muy sacrificados, y todavía no les van a subir el salario. Y el sistema educacional está lleno de personas con capacidades y con deseos de acertar y cumplir: hay que ayudar.

Opino que los intelectuales tenemos el deber en esta situación actual de participar y ofrecer nuestros aportes al sistema educacional, y participar en los medios también. Ha habido una larga historia de impedir u obstaculizar que lo hagamos, pero ya es tiempo de que termine esa situación. Tenemos que ofrecernos, y si es necesario presionar para que suceda. A nosotros se nos hace más caso cuando protestamos. Sé que es difícil, me ha sucedido más de una vez que una muchacha inteligente y consciente me pide entrevistarme, y al responderle a alguna pregunta le aclaro: “no te la van a dejar salir”. Me gusta cuando me dicen: “usted verá que sí”, aunque no lo consigan. Pero ya sale mucho más que antes, y queda la variante digital, por donde sale de todo. Claro que es difícil, pero todas las cosas importantes son difíciles.

Vamos a aprovechar el poco tiempo que queda para que hablen ustedes.

Preguntas del auditorio

Haniel: ¿Qué acciones debe tomar la UJC de hoy para retomar la vanguardia política de nuestra generación, de los jóvenes de hoy? Mi punto de vista es que la UJC ha dejado de ser esa vanguardia política de los jóvenes para convertirse en un esquema, en algo fijo que no se desarrolla.

¿Cómo actuar en pos de rescatar de la inopia cultural a los jóvenes de hoy, asediados por la industria cultural que responde precisamente a la ideología que se combate? Hoy hay escasez cultural en nuestra generación, en las aulas. Y seguimos viendo La Voz Kids, Nuestra Belleza Latina…

¿Cuán preocupante es el desapego a la formación cultural de la población cubana de hoy, y la tendencia a convertir los tecnicismos económicos en casi el único debate cotidiano? Hoy la gente está hablando de la dualidad monetaria, de términos económicos, y nos alejamos de nuestra formación cultural. A la gente ya no le importa leerse un libro, oír buena música o apreciar un buen cuadro. Inclusive estudiar nuestra historia, saber de dónde venimos, sino que se enfocan en el dinero.

La tendencia a la reaparición de la pequeña propiedad privada, el cuentapropismo, entre otros mecanismos propios del mercado capitalista, ¿no acarrea consigo la aparición de valores propios del capitalismo, el individualismo, la tendencia a la derecha generalizada de los jóvenes de hoy?

Niurka: Nosotros tuvimos la oportunidad de tener un encuentro con los realizadores de Duaba. Y me llevé la idea de que surge Duaba por los deseos que había de hacer una serie que tributara a la historia de una forma diferente, que brindara la historia de Cuba de una forma diferente, con curiosidades que apenas se conocían. Lo de Duaba ha sido algo prácticamente inédito, por lo menos para nosotros los más jóvenes. Había muchas cosas que no conocíamos. Y ahí caigo en la forma en que se está enseñando la Historia de Cuba. Realmente hoy por hoy no cumple con las expectativas, principalmente de los jóvenes universitarios. Nosotros llegamos aquí en primer año y seguimos dando la Historia que dimos en quinto, sexto, y toda la Secundaria. Lo hemos planteado ya, en el Congreso de la FEU también lo planteamos, y creo que se debe proyectar un poco más mejorar la impartición de esta asignatura. Hablábamos con una profesora que nos visitó en el marco de un “Diálogo de Generaciones” de cosas nuevas, de curiosidades de cada guerra que se hizo en nuestra historia, que son cosas que apenas conocemos, y que eso nos tributa quizás un poco más que seguir repitiendo lo que hemos dado ya en cinco cursos consecutivos, me refiero a la primaria y la secundaria. Cosa que tributa también, y nosotros en todos los espacios lo planteamos, es que somos muy malos haciendo televisión, no tenemos un camino definido quizás de cómo mejorar la televisión, cómo le transmitimos mejor a la juventud, que les llegue lo que queremos dar. Hoy por hoy la juventud se basa en La Voz Kids, las series, Nuestra Belleza Latina. Y no es eso, que yo las catalogaría como cosas banales, sino en hacer cosas que realmente le tributen a uno en su preparación cultural, con más peso. Mejorar la televisión que hacemos hoy.

Profesor: No tenemos dudas de que el problema económico se va a resolver en algún momento. Pero creo que el talón de Aquiles está en el tema cultural. Porque podemos salvarnos económicamente, y culturalmente perder la Revolución. La Revolución no es un hecho económico, más que un hecho económico es un hecho cultural, si perdemos ese punto de vista podemos trastocar todo lo que hagamos en materia económica. Tengo la percepción, el miedo de que en las ansias de mejorar económicamente el país, descuidemos un poco la parte cultural. Y ahí hay que centrar también el debate de los intelectuales. Ir a conversar con los jóvenes a ver qué hablan, qué ven, qué sienten. Para construir juntos el conocimiento de lo que queremos como socialismo. ¿Qué es ser revolucionario hoy en el siglo XXI? Eso para los jóvenes es importante. ¿Qué es ser revolucionario para un joven hoy, de la UCI, de la capital? ¿Cómo debe proyectarse un joven? ¿Como usted en los 60, cuando dirigía Pensamiento Crítico, o de otra manera?

Otras preguntas no realizadas durante el intercambio:

Nairovin: ¿Cómo debemos enfrentar los desafíos relacionados con las desigualdades raciales en nuestro país? ¿A que se deben los bajos niveles de adquisición económica o pobreza que se observan en la población negra cubana? Juan Manuel: ¿Qué estrategia integral podemos desplegar para que prime el factor subjetivo y las personas sean capaces de resistir las duras condiciones objetivas?

Fernando Martínez Heredia: Ahora no podemos regresar a cualquier marxismo. No puede volver el marxismo dogmático de obedecer, de legitimar, de clasificar, de repartir premios y castigos. Es necesario asumir críticamente todo el marxismo, toda la historia del marxismo.

Dentro de esa gran tarea, háganle mucho caso a Carlos Marx, porque se lo merece. Él planteó, por ejemplo, en Los fundamentos de la economía política –el libro que llaman Grundrisse en alemán–, que hay que lograr que el tiempo de trabajo no sea la unidad de medida de la economía. El gran pensador que expuso esa idea dentro de su teoría del modo de producción capitalista, postuló la necesidad de que durante el tránsito al comunismo se logre que el tiempo de trabajo deje de ser la medida, y que una de las características del comunismo será lograrlo. Planteó también que el tiempo de juego llegue a ser más importante que el tiempo de trabajo. Es mejor hacerle caso a Marx. Por cierto, ustedes saben que tuvo un yerno santiaguero, Pablo Lafargue, que escribió un folleto que no debemos olvidar, “Elogio de la pereza”. Fue el mejor divulgador de las ideas de su suegro en Francia y el primer francés socialista elegido como diputado. ¿Saben lo que escribió en el acta al tomar posesión?: “Paul Lafargue. Mulâtre Cubain”. Mulato cubano puso al pie de su firma.

Nada más que me he detenido contigo y ya usé el tiempo que tenía. Efectivamente, la UJC se formalizó totalmente, pero yo tuve la satisfacción y la suerte de ir por primera vez a un Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes –a uno le pasan cada cosas–, en diciembre pasado. Al cabo de la vejez, pero me divertí muchísimo. Y fui feliz al ver que los compañeros de la UJC estaban clarísimos y querían cambiar las cosas y hacer de la organización una cosa viva y fuerte. Y me dije: “bueno, vamos a ver. No nos dejemos llevar por prejuicios, vamos a juntarnos y salir adelante…” Los de la FEU me pidieron una sesión durante su reunión del Consejo Nacional, el último domingo de enero. Me dijeron: “Profe (le dicen a uno “profe” para disimularle la edad), venga con críticas duras”. Y yo lo hice. Les dije: “Vamos a ver el país, las universidades y la organización de ustedes, esas tres cosas”. Y fueron maravillosos con la profundidad y la honestidad de sus participaciones, con lo que querían, lo que buscaban.

Este país que tiene una conciencia política de nivel récord mundial y unos niveles de escolaridad y de conocimientos especializados altísimos. La rectora Miriam lo decía: ¿qué hacer con todos los graduados de la UCI? La disponibilidad de empleos correspondientes a la formación de los graduados es inferior a su número. Es decir, la riqueza mayor que tiene Cuba está en las personas que ha formado y forma, y no en los medios materiales con que cuenta. Pero eso no es para echarse a llorar, es para actuar. La rectora tiene conciencia de las implicaciones que tiene esa situación, incluidas las más negativas, lo que me parece un indicador muy positivo. Si tenemos conciencia de los problemas y las insuficiencias, si nos duelen, ya comenzamos a avanzar en su enfrentamiento y en la probabilidad de resolverlos.

Se acabó el tiempo. Quisiera terminar recordando una de tantas actividades que he tenido la suerte de compartir en universidades cubanas. Ellas me ayudan mucho y me dan vida, quisiera que sucedieran también en centros de trabajo industriales y agrícolas, que tengan otra vez una fuerza grande los trabajadores manuales, que hoy no la tienen. Fue en la Universidad Central de Las Villas, invitado a hablar y debatir en una actividad semanal de la FEU, los martes por la noche, que se llama el Aula 14. Me pidieron hablar de los estudiantes en las luchas revolucionarias del siglo XX en Cuba. Cosa que hice, pero sabiendo que ellos querían llevar la discusión a la actualidad. Terminé de exponer y les dije: “ahora van a hablar ustedes”. Uno dijo: “Profe, el problema es que ustedes todo lo tenían muy claro, porque ustedes sabían quiénes eran ustedes y quién era el enemigo. Pero nosotros no”. Les dije que ese era un gran avance, porque ya se habían dado cuenta de algo muy importante. Ahora es más difícil saber quiénes somos y quién es el enemigo, pero si nos damos cuenta del problema, estamos salvados. Entonces se hicieron varias buenas intervenciones, pero no he olvidado a un estudiante que se dirigió a sus compañeros: “Miren, yo estoy pensando mejor todo esto que hemos discutido, y he llegado a una conclusión. Nosotros, los jóvenes de ahora, tenemos que volver a tomar el tren blindado”.

Eso no fue una frase poética, tenía razón. Hay que volver a tomar el tren blindado. Claro que ya no es como lo hicieron los rebeldes de la Columna 8, es de otra manera. Es otro tren blindado. Tienes que identificarlo, tienes que ver cómo, tienes que prepararte, y tienes que tomarlo.

*(Intercambio sostenido por Fernando Martínez Heredia con trabajadores y alumnos de la Universidad de las Ciencias Informáticas, el 11 de Marzo de 2014)

Tomado de la Pupila Insomne

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