Hasta la mañana del 17 de diciembre de 2014, el gobierno de Estados Unidos se enfrentaba a un callejón sin salida en relación con Cuba:
Ante ese panorama, fruto de dos circunstancias: la resistencia y permanencia de la Revolución cubana y el cambio de escenario en América Latina, Barack Obama decidió hacer de la necesidad virtud: Sumarse a los que condenan el bloqueo, dar la bienvenida a Cuba en Panamá, anotarse el regreso a casa de un prisionero y estar en mejores condiciones, con una “normalización” de las relaciones con Cuba, de -en palabras de Obama, dos días después del 17 de diciembre- “ejercer alguna influencia, y quizás entonces utilizar tanto zanahorias como palos”.
De entonces a acá el resto de los instrumentos de la política hacia a Cuba han sido respaldados por las acciones de la administración estadounidense:
La gran prensa internacional se horroriza porque Fidel ha dicho no confiar en la política de Estados Unidos pero sólo hay que leer lo anterior y conocer la actuación de EE.UU. en todo el mundo, revelada por los cables secretos del Departamento de Estado publicados por Wikileaks, para darle la razón.
El presidente Raúl Castro preguntó en la reciente cumbre de la CELAC en Costa Rica:
¿Acaso podrían restablecerse las relaciones diplomáticas sin reanudar los servicios financieros a la Sección de Intereses de Cuba y su Oficina Consular en Washington, cortados como consecuencia del bloqueo financiero? ¿Cómo explicar el restablecimiento de relaciones diplomáticas sin que se retire a Cuba de la Lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo Internacional? ¿Cuál será, en lo adelante, la conducta de los diplomáticos estadounidenses en La Habana respecto a la observancia de las normas que establecen las Convenciones Internacionales para las Relaciones Diplomáticas y Consulares?
La interpretación de algunos analistas es que se trata de una postura caprichosa del gobierno cubano. Pero el gobierno estadounidense se equivocaría si toma como muestra del pensamiento de los cubanos a aquellos que, como los políticos de la Isla anteriores a 1959, acuden a conversar con Washington para saber qué decir en La Habana.
Si quieren saber cómo piensa el pueblo cubano, más que hablar con quienes han entrenado para decir lo que quieren escuchar, los diplomáticos estadounidenses debieran leer a figuras de raigal cubanía como la etnóloga Natalia Bolívar, cuyas palabras son algo más radicales que los pronunciamientos oficiales del gobierno isleño:
“Yo no tengo ninguna confianza porque, en definitiva, esto son conversaciones, y así lo están diciendo: conversaciones. Primero, para haber conversaciones nos tienen que quitar de los diez países más terroristas, eso lo primero, porque el terrorismo está por todos lados, y nosotros no tenemos terrorismo; nos tienen que quitar la base militar de Guantánamo, que ya debieran haberla quitado hace más de 4 ó 5 años, creo que desde el gobierno de Bush; y nos tienen que levantar el bloqueo. Si no, ¿qué conversación vamos a tener? ¿Abrir una embajada? ¿Y para qué?”
Tomado del Blog La Pupila Insomne
https://lapupilainsomne.wordpress.com/2015/02/09/abrir-una-embajada-y-para-que/