¿Qué pasa con Cuba?

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Jesús Arboleya Cervera

Llamó mucho la atención, que el pasado 8 de noviembre el presidente Barack Obama declarara en Miami que era necesario “actualizar” la política de Estados Unidos hacia Cuba. Desde mi punto de vista, el objetivo fue exactamente lo que se dijo: recaudar fondos e impulsar la campaña demócrata para las elecciones parciales del próximo año. Lo relevante es que el lugar escogido fuese la casa del presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana y que el tema para atraer al electorado cubanoamericano consistiera en la necesidad de transformar la política norteamericana hacia la Isla. ¡Cómo cambian los tiempos!, podría afirmar más de uno.

Tres días después, el secretario de Estado, John Kerry, se expresó en los mismos términos ante los representantes de los estados miembros de la OEA.  A decir verdad no dijo nada nuevo, pero la retórica misma indica que para Estados Unidos no resulta viable mantener una política encaminada a aislar a Cuba del concierto continental y al menos debe ofrecer esperanzas de cambio como lo exigen los países latinoamericanos. Sobre todo, de cara a la Cumbre de las Américas de 2015, a la que muchos dijeron que no asistirían si Cuba no estaba incluida.

Otro acontecimiento relacionado con Cuba acaparó el interés de la prensa. El 26 del mismo mes, la Sección de Intereses de Cuba en Washington anunció la necesidad de cancelar sus operaciones consulares, debido a que ningún banco norteamericano o extranjero acreditado en Estados Unidos estaba dispuesto a asumir sus cuentas corrientes. La razón que aducen estas empresas es que las restricciones, controles y posibles sanciones impuestas por el bloqueo a Cuba, tornan demasiado complicado y peligroso este negocio.

Evidentemente al gobierno norteamericano no le conviene este problema, no solo porque pone en entredicho su capacidad para honrar sus compromisos internacionales en materia de representación diplomática, sino porque sus consecuencias pueden afectar los viajes y el contacto con Cuba que, como vimos, es la base de su trabajo con el electorado cubanoamericano.

En una decisión que no deja de ser inusitada, el pasado 3 de diciembre el Departamento de Estado de Estados Unidos autorizó la participación cubana en la Serie del Caribe de Béisbol. Aparentemente este evento nada tiene que ver con el gobierno norteamericano, dado que ni siquiera equipos de ese país participan en el mismo, pero a los dirigentes de la Mayor League de Béisbol estadounidense les preocupaba estar violando el bloqueo, si atletas contratados por ellos participaban en el mismo, por lo que exigieron a los organizadores del torneo solicitar esta licencia. No es casual que haya sido el Departamento de Estado y no el Tesoro el que emitió la aprobación: el tema del campeonato de pelota se convirtió en un problema internacional, obligando a Estados Unidos a actuar al respecto.

Ese mismo día, circuló la noticia de que Alan Gross, contratista norteamericano detenido en Cuba, había escrito al presidente Obama reclamando que el gobierno de Estados Unidos lo había abandonado, a pesar de que, según dijo, estaba cumpliendo misiones para ese país en ésta y otras ocasiones. Sesenta y seis senadores se dirigieron también al presidente pidiéndole que hiciera todo lo posible por conseguir la liberación de Gross y le aseguraron apoyarlo para alcanzar este objetivo, mientras que Kerry dijo en Bruselas que “algo” se estaba haciendo, pero no podía dar más detalles.

El gobierno cubano, por su parte, convocó una vez más a Estados Unidos a negociar una solución para este caso, sobre la base de también tener en cuenta los reclamos humanitarios de los cuatro cubanos detenidos hace más de quince años en cárceles norteamericanas, a lo cual se ha opuesto el gobierno norteamericano hasta el momento.

El factor común que rodea estas noticias es la demostración de que la política hacia Cuba se ha convertido en una trampa para los propios Estados Unidos, en la medida en que impide al gobierno actuar con la flexibilidad que exige la gestión política, tanto a escala internacional como en el plano doméstico.

Hasta la extrema derecha cubanoamericana hoy día reniega de las camisas de fuerza que contribuyó a establecer: los republicanos quisieran volar en pedazos la ley de Ajuste Cubano, porque se ha convertido en una fábrica de opositores a su línea y la Fundación Nacional Cubano Americana, en buena medida la inventora de la ley Helms-Burton, ahora se suma al presidente reclamando una política más “creativa”.

Ningún otro gobernante de Estados Unidos ha estado en mejores condiciones que Obama para dar pasos en el sentido de modificar la política hacia Cuba, no tanto porque la visión norteamericana haya cambiado, “los objetivos son los mismos”, dijo el presidente en casa de Mas Santos, sino porque así lo exigen los propios condicionamientos de la política estadounidense. Ahora falta la voluntad para hacer lo que dicta el sentido común, aunque alguien dijo que era el menos común de todos los sentidos. (Publicado en Progreso semanal)

Tomado del Blog La pupila insomne

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