
Mientras escribo estas lÃneas sé que miles de seres humanos fallecen. El hambre, la ausencia de medicamentos, la carencia de un lugar saludable y estable, las guerras, el terrorismo. Causas que exterminan vidas que aún no han comenzado.
Mientras escribo pienso en aquellos que de alguna manera han quedado excluidos. Aquellos que no están representados, ni tan siquiera respetados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada el 10 de diciembre de 1948.
Por suerte, aunque muchos tratan de empañar la obra de la Revolución, mi paÃs es uno de los que cumple con mayor cantidad de aspectos de la Declaración. Más de 186 paÃses han recibido ayuda cubana desde el primero de enero de 1959. Se han alfabetizado más de 9 millones de personas con el método Yo sà puedo en 30 paÃses. Y por nuestras escuelas han transitado más de 73 mil estudiantes.
En la Isla, asediada por un bloqueo económico brutal, solo fallecen 4,2 infantes por cada mil nacidos vivos. En el curso escolar 2016-2017 matricularon un millón 750 mil estudiantes en los 10 698 escuelas que existen en nuestra nación. Tan solo en educación, el paÃs gasta 8 278,4 millones de pesos. Además se asegura las pensiones de jubilación de 1 672 000 cubanos.
Mientras escribo pienso en los logros de mi paÃs, pienso en la estabilidad que ofrece este sistema, en las gratuidades indispensables para llevar una vida digna.
Nos falta mucho por alcanzar, mucho por desarrollarnos. El paÃs se proyecta hacia cambios económicos indispensables, sin embargo, con todas nuestras carencias, no existe un solo cubano que fallezca sin atención médica o un niño que no tenga escuela. Aun cuando se acusa continuamente a mi paÃs, yo tengo derechos.